Tras el contundente debut de Valentina Maurel con Tengo sueños eléctricos (2022), Siempre seré tu animal materno retoma algunas de las inquietudes de aquella primera película para desplazarlas hacia el territorio de los vínculos entre mujeres. La historia sigue a Elsa (Daniela Marín Navarro), quien regresa a Costa Rica después de varios años estudiando en Europa y se reencuentra con una familia que ya no es la misma que dejó atrás. Su madre, su hermana y su padre atraviesan, cada uno a su manera, sus propias crisis, mientras Elsa intenta encontrar su lugar entre ellos y hacerse cargo de una situación que parece exigirle más de lo que debería. 

Este sentimiento desesperado por encontrar orden y estabilidad atraviesa a toda la familia y revela una inquietud profundamente humana ante las expectativas que acompañan el crecimiento. Desde niños aprendemos a imaginar la vida como una sucesión de etapas que debemos cumplir: terminar los estudios, conseguir un trabajo y, para las mujeres, casarse, formar una familia, tener hijos, criarlos y finalmente alcanzar la tranquilidad de haber cumplido con todo. Maurel parte de esta tensión y captura con mucha madurez y sensibilidad las contradicciones de sus personajes.

Isabel (Marina de Tavira), la madre de Elsa, asegura haber terminado de criar a sus hijas y decide retomar su carrera como escritora. La reedición de su primer poemario, escrito antes de convertirse en madre, la obliga a reencontrarse con una versión mucho más joven de sí misma y con una dimensión sexual y erótica que parecía haber dejado atrás. En esa búsqueda de recuperar lo perdido, también se somete a una cirugía estética para borrar de su rostro los signos de la edad, otra manifestación del peso que cargan las mujeres en su relación con el envejecimiento. Nahuel (Reinaldo Amién Gutiérrez), el padre, atraviesa algo similar. Parece desentendido tanto de sus hijas como de sí mismo y trata de llenar ese vacío emocional con una relación con una mujer mucho más joven, que evidencia su inmadurez y su dificultad para asumir el paso del tiempo. Ambos están lejos de tener la vida resuelta que se espera de ellos no solo como adultos, sino como padres.

En sus hijas, esta misma incertidumbre adopta otras formas. Amalia (Mariangel Villegas) parece llevar al extremo el desconcierto que atraviesa a su familia: ha abandonado la universidad, vive recluida en la antigua casa familiar, se relaciona con personas mucho mayores que ella y adopta un perro, decisiones que parecen confirmar la imagen de una joven incapaz de hacerse cargo de sí misma. Su comportamiento impredecible desconcierta a quienes la rodean, sobre todo a Elsa, con quien mantiene un vínculo tan afectuoso como conflictivo. Para Amalia, Elsa encarna aquello que sus padres esperan de ella: el éxito, la independencia y la capacidad de construir una vida propia. 

Esa imagen de Elsa, sin embargo, tampoco se corresponde del todo con su realidad. Aunque a primera vista encarna el modelo de la mujer independiente, poco a poco se revela que esa estabilidad no es más que una fachada. Vive en un departamento pequeño, duerme sobre un colchón, se alimenta de comida enlatada y apenas tiene como decoración un cuadro de un ex enamorado. La misma contradicción aparece en su vida afectiva, pues aunque tiene un novio en Europa, mantiene encuentros sexuales con otros hombres y atraviesa sus propios conflictos lejos de su familia. En el fondo, Elsa está tan descontrolada como el resto, solo que su quiebre es menos visible y, sobre todo, más solitario. 

Las crisis de cada integrante terminan afectando a los demás, aunque no todos sepan cómo responder ante ellas. Isabel también percibe las dificultades de sus hijas, pero Elsa es quien insiste en intervenir, especialmente con Amalia, como si cuidar de ella pudiera también devolverle algún orden a su vida. Precisamente en estos vínculos entre mujeres es donde cabe preguntarse: ¿qué significa cuidar a alguien cuando tú tampoco sabes cómo cuidarte a ti misma? El cuidado parece surgir incluso cuando no hay una respuesta clara sobre cómo ejercerlo, atravesando relaciones marcadas por el resentimiento, la distancia y la incomprensión.

Tal vez ahí se encuentre parte del sentido de ese extraño y hermoso “animal materno” del título. Lo animal no parece referirse únicamente a lo salvaje, sino a una forma de vínculo que escapa a las categorías ordenadas de la familia: un apego que surge por necesidad, protección, dependencia o instinto, y que no desaparece simplemente porque sus integrantes hayan dejado de saber cómo relacionarse. Aun así, ese cuidado nunca llega a significar salvación ni acompañamiento permanente. La película parece encontrar su fuerza precisamente en esa renuncia a ordenar la vida de sus personajes o a romantizar la permanencia en la familia. El desconcierto y la fragilidad de los personajes y sus problemas no desaparecen al final, sino que se mantienen abiertos, como parte de sus vidas, que ellos tendrán que seguir construyendo por su cuenta. 

FICHA TÉCNICA

País: México, Bélgica, Francia
Drama – Color – 2026 – 108 min

Dirección: Valentina Maurel
Idioma original: Español
Guion: Valentina Maurel
Fotografía: Nicolás Andrés
Edición: Betrand Conard
Sonido: Erick Vargas
Música: Benoit Biral
Producción: Benoit Roland, Grégoire Debailly, Wrong Men, Géko Film, Pimienta Films
Intérpretes: Daniel Marín, Mariangel Montero, Marina de Tavira, Reinaldo Amién

Mirella Villafane