Lo que una familia entiende como una forma legítima de criar a sus hijos puede adquirir un significado muy distinto fuera de su propio contexto. En Fjord, esto sucede cuando Lisbet Gheorghiu y su esposo, Mihai, se trasladan junto a sus cinco hijos de Rumania a Noruega, el país de origen de ella. A primera vista, sus creencias religiosas y sus métodos de crianza, no parecen ser un problema. Sin embargo, estos son puestos en cuestión cuando reciben una acusación de violencia familiar por golpear a sus hijos.

La exploración de la ambigüedad moral del cine de Cristian Mungiu encuentra en Fjord un punto de inflexión, no necesariamente porque la película consiga profundizar en ella, sino porque muestra las dificultades de sostenerla. Desde un inicio, el conflicto se distribuye entre las distintas perspectivas que rodean a la familia, bajo una apariencia de neutralidad. Esta distancia permite que la religiosidad de los Gheorghiu aparezca, al menos inicialmente, como parte de su forma de vida. Su religiosidad, por intensa o particular que pueda parecer, no parece interferir por sí misma en la vida de quienes los rodean. Fuera del ámbito familiar, esto se hace visible en el trabajo de Lisbet como enfermera, donde su fe forma parte de su manera de relacionarse con los demás sin que la película la presente como una imposición.
En casa, en cambio, sus hijos han crecido dentro de ese mismo sistema de creencias, que moldea sus rutinas y su manera de entender el mundo. Los mayores, Emmanuel y Elia, y en menor medida los más pequeños, reproducen una forma de vida que no cuestiona las enseñanzas recibidas. El guión hace evidente que estas ideas pierden respaldo y legitimidad al llegar a Noruega. Uno de los primeros ámbitos donde esto ocurre es la escuela, que prohíbe la propaganda religiosa dentro de sus espacios. Esto hace que ciertas expresiones de los Gheorghiu sean percibidas como ajenas o fuera de lugar, como ocurre cuando Elia interpreta el piano desde el repertorio religioso que ha aprendido en casa.
Otra instancia que interviene es Protección Infantil, cuya función se presenta inicialmente como la de velar por el bienestar de los menores y dar lugar a su propia voz, incluso cuando todavía no pueda identificar por sí mismo aquello que le ocurre. Sin embargo, la película introduce cierta distancia entre ese principio y la manera en que la institución actúa. Sus intervenciones parecen estar atravesadas por los prejuicios de quienes interpretan su situación y, en algunos momentos, por intereses institucionales que la película sugiere. Esto se hace visible en las entrevistas con los hijos, cuyas respuestas iniciales niegan los golpes mientras las preguntas se vuelven progresivamente más específicas, hasta introducir términos como “abofetear” o “golpear”.
En Fjord, nadie parece preguntarse qué quieren realmente los niños. La película mantiene a los menores en una posición secundaria, incluso cuando sus experiencias podrían ampliar el conflicto, una decisión que puede contribuir a sostener la ambigüedad del relato. No obstante, la presencia de Noora abre una perspectiva distinta. Como amiga de Elia y Emmanuel, permite asomarse a un mundo adolescente que transcurre al margen de las discusiones de los adultos sobre religión, educación y familia. En este sentido, la relación afectiva que se insinúa entre Noora y Elia, aunque apenas desarrollada, resulta significativa. La cercanía entre ambas despierta la preocupación de los adultos, que intervienen sobre el vínculo desde sus creencias y expectativas sobre lo que consideran apropiado.
En el juicio, donde las posiciones deberían confrontarse con mayor claridad, termina siendo una prolongación de las dudas ya planteadas. Algunas pruebas resultan poco convincentes y determinados argumentos parecen exagerados. Incluso las ideas más preocupantes de Mihai sobre el castigo físico no llegan a convertirse en una condena definitiva. Así, cuando el conflicto debería alcanzar su mayor peso, la película termina restándole fuerza al permitir que los niños regresen con sus padres pese a las dudas que ha planteado.
Es en este punto donde resulta difícil sostener que Fjord sea completamente neutral. La película no necesita declarar que Protección Infantil es una institución dañina para generar desconfianza hacia ella. Basta con mostrar repetidamente sus procedimientos como insuficientes, sus argumentos como poco sólidos y a sus representantes como incapaces de comprender el contexto familiar. En cambio, aunque la familia es presentada como rígida y algunas de sus ideas resultan abiertamente conservadoras, sus comportamientos reciben una explicación cultural que permite comprender de dónde provienen.
La fuga final hacia Rumania lleva esta tensión a su dimensión más concreta. Después de haber sido cuestionada por un entorno que rechaza buena parte de su forma de entender la crianza y la familia, la familia regresa al lugar donde ese sistema de valores puede recuperar su legitimidad. Aun así, pese a lo planteado a lo largo del relato, los niños continúan sin decidir su propio destino. Si primero habían sido llevados de su casa por una institución que afirmaba actuar por su bienestar, después son llevados por sus padres bajo la misma premisa, dejando su voz en segundo plano. Por ello, la ambigüedad de Fjord termina siendo más problemática de lo que parece: la película intenta mantener abiertas las distintas posiciones, pero las decisiones con las que construye ese equilibrio hacen que la desconfianza recaiga con mayor fuerza sobre unas que sobre otras.
- Fjord (2026): entre la fe y la autoridad - agosto 15, 2026
- Lady Nazca (2025): la mujer detrás del mito - agosto 12, 2026
- Siempre soy tu animal materno (2026): los vínculos que no sabemos romper - agosto 12, 2026
