“¡A mí, a mí, este suceso inesperado me vino y me ha destrozado el ánimo, perdida estoy, ¡quiero morir!, ¡amigas, amigas!, ¡quiero morir! De todas las criaturas que tienen mente y alma, no hay especie más mísera que la de las mujeres”
Medea
Lo primero que vemos en La furia (Gemma Blasco, España, 2025) es a su protagonista, Alex (una impresionante Ángela Cervantes), orinando en el baño mugriento de una discoteca, mientras limpia su ropa interior de la menstruación con la que se ha manchado. Luego la envuelve con papel higiénico para salir a esnifar cocaína y a seguir dándolo todo en la fiesta en la que está con sus amigos.
Ese inicio, que puede parecer intrascendente, es una declaración de intenciones, en este caso profundamente feminista: la protagonista va a optar por la vida, a pesar de todo lo que le pase, va a limpiar sus heridas como limpia su menstruación y va a seguir adelante. Blasco nos invita a prepararnos a este tour de forcé por el que Alex nos va a llevar y nos invita también a corporizar con ella estas experiencias femeninas, lo que para las mujeres no es difícil por la larga tradición de violencia que cargamos en el cuerpo desde muy chicas, pero para la otra mitad de la población parece que sí lo es y extremadamente.

Lo segundo que nos muestra Blasco es cómo “la diversión” se acaba cuando la violencia masculina se desata. Es en ambas coordenadas por donde va a fluctuar la película, dando y quitando violencia masculina -gracias al papel secundario de Monner, quien interpreta al hermano de Alex-, mientras repasa cómo los personajes se enfrentan a lo peor que les puede pasar: la violencia sexual en carne propia y la violencia sexual en la carne de un ser al que se ama.
Lo tercero que nos muestra Blasco es al grupo de amigos echados de la discoteca por pelearse dentro. Los hombres indican que la razón por la que empezó la pelea es que los otros tipos miraban demasiado a “sus mujeres”, mujeres a los que solo ellos pueden mirar casi como un derecho de pernada, este derecho será evidente cuando uno de ellos, no sabremos cuál hasta el final, viole a Alex en la casa de la amiga en donde han continuado la fiesta. Nuevamente “la diversión” (podemos llamarla “la vida” también) se ha hecho añicos. No han pasado ni diez minutos de la película y ya se ha instalado una violencia brutal en ella y en todas nosotras. Somos testigos de todo siguiendo a Alex por el pasadizo cuando busca el baño, vamos con ella cuando es metida a una habitación y tirada contra el suelo, y nos sumergimos en la misma lógica de desesperación que nos da la oscuridad de la imagen y de la sala, mientras escuchamos lo que no queremos escuchar. No necesitamos ver más y Blasco lo sabe. La teoría feminista del cine nos ha enseñado que no hay necesidad de regodearse con las imágenes de violencia sexual contra las mujeres, ya las hemos visto todas y ya basta. Un minuto exacto de escuchar e imaginar ese horror es suficiente para nosotras; como un cataclismo, no necesita más tiempo para destruirlo todo.
¿Qué puede venir después de eso? Recoger tus partes y volver a unirlas. Y eso es lo que hace Alex en lo que sigue. La conmoción va a dar paso a la asimilación y para ella es dejar atrás lo que acaba de pasar. Su primer acto, luego de levantarse del suelo, cuando los testigos podemos volver a ver, es tirar la ropa interior por la ventana, acá no hay ADN que sirva, las huellas del delito serán desechadas. Se respirará hondo, se irá asumiendo lo que se ha vivido y se abrirá la puerta para salir. La música sigue sonando, la gente se sigue divirtiendo, nada en el mundo ha cambiado, pero Alex ya es otra. Ninguno de los presentes es testigo de cómo la vida de una mujer acaba de cambiar, solo la cámara que la sigue incesante, casi a flor de piel y la acompaña en el ascensor, en el baño cuando se saca el tampón y en la ducha donde parece querer quitarse esa piel que ahora le duele. Semen y sangre caen del cuerpo de Alex, y el agua, como símbolo de purificación y respiro, se hace presente para limpiarlo todo. Acá no hay ADN que sirva.
Las tecnologías de género que se extienden en las imágenes cinematográficas nos han enseñado que luego de una violación suceden cosas hacia afuera: se llora amargamente, hay una visible depresión, se sacan fuerzas de flaqueza, se denuncia, se busca venganza, se mata (al violador/es o a una misma). Blasco nos dice que a veces no sucede nada extraordinario. Alex fuma un cigarro en el balcón bajo las tenues luces del anochecer, una forma largamente usada para “celebrar” el culmen de una relación sexual placentera en el audiovisual, acá no sirve para eso. Y es ahí cuando aparece la primera dinámica familiar sin extraños. Mientras el hermano de Alex le hace ver que no ha dejado de disfrutar ni un segundo de la fiesta, ella tiene que seguir recogiendo las cenizas de una noche aciaga.
Alex se cura las heridas sola y también se corta el pelo, pero ese otro artilugio usado tanto en el audiovisual para mostrar la transformación tampoco lo veremos. Alex, con el cabello ya cortado, se hace una revisión médica y frente a la sospecha del médico de haber sido violentada sexualmente se va sin avisar. Blasco rompe con la continuidad de la historia cinematográfica para darnos otro rumbo. Alex no quiere denunciar, aunque no duda de que es una víctima, y retoma su vida, que, en pocas palabras, es seguir haciendo lo que hacía antes: trabajar, estar con su novio, irse de fiesta, prepararse para una audición, pasar castings, pero con la afectación encima, esa mochila llena de turbiedades que explota sobre todo cuando está en el papel de Medea.
Y es mientras ensaya ese papel que suma a su hermano a la experiencia de la violencia, una que se inoculará en él ya no por divertimento, sino como víctima indirecta. La cámara abandona el primer plano constante de esa escena, para cubrir también la reacción de él en un plano general en donde ellos se encuentran frente a frente, como un duelo del viejo oeste. Él le pide detalles, quiere tener seguridad de la gravedad de la infamia que se acaba de verter también sobre él. “¿Fue tocamiento o violación?”, pregunta, para empezar a medir el nivel de su ira. Luego busca saber quién fue, pero como ella tampoco lo sabe, empieza a descargar su furia sobre ella responsabilizándola de no saber quién la violó por estar muy drogada “como siempre” y por no avisarle a tiempo para romperle la cabeza al violador en ese momento como rompe la taza contra la pared. Ahora los dos están rotos y tienen que recoger sus pedazos como recogen los de la taza.

Justamente es debido a esa violencia consuetudinaria de la que hacen gala tantos hombres, que muchas mujeres callan: ya tienen suficientes problemas con lo que están viviendo como para hacerlo todo “más grande”, lo que ocurre cuando ellos intervienen con ánimos de venganza para salvar su honor y su ego herido. Él, que se precia de cuidar a su hermana, incluso en su consumo de drogas, ha faltado a su deber y tiene que recomponer lo que ha sido quebrado, así ninguna mujer se lo pida.
En el ínterin, vamos al pasado para encontrarnos en las relaciones familiares, para ser testigos también de una madre que ha sido abandonada y que no tiene ánimos de reclamar por ello, pero que tampoco es feliz; para compartir almuerzos y juegos en familia; para aprender a matar y desollar a un animal e impregnarse de su olor, esa manifestación de un sentido que luego servirá para encontrar a otra bestia, una humana, que fue capaz de cometer uno de los actos más atroces contra alguien que lo consideraba un amigo.
Blasco nos regala escenas llenas de emoción y dolor sublimado como cuando Alex interpreta a Medea, y gracias a estas es que el cine puede ser una catarsis; y también nos da escenas llenas de magia, como cuando hija y madre bailan, cantan y se abrazan en la celebración de un matrimonio, y gracias a estas es que el cine puede ser un refugio.
Ficha técnica
Dirección: Gemma Blasco / Guion: Gemma Blasco-Eva Pauné / Reparto: Ángela Cervantes-Alex Monner-Eli Iranzo-Carla Linares / Música: Jona Hamann / Fotografía: Neus Ollé
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