April (Dea Kulumbegashvili, 2024) apuesta por una mirada sincera y personal de la realidad del aborto en Georgia. Esta película no pretende dar respuestas, sino exponer las tensiones éticas y personales que implica esta experiencia. La historia se centra en Nina (Ia Sukhitashvili), una obstetra-ginecóloga (OB-GYN), que trabaja en un hospital prestigioso y cuenta con un historial excelente hasta que es acusada de haber infringido ciertos protocolos médicos al atender a una paciente. Aunque esta es la sinopsis oficial, la primera imagen que nos recibe en la cinta es una imagen monstruosa, digna de una película de terror. Se trata de una figura amorfa, desnuda que se desplaza lentamente en el espacio. La escena está enmarcada en respiraciones pesadas que parecen provenir de ese cuerpo extraño y, en la distancia, una conversación entre niños que pronuncian el nombre de Nina. Al asociar esa imagen monstruosa con el nombre de Nina, la película siembra una tensión inicial que desestabiliza su imagen antes incluso de que aparezca en escena.
Tras esa inquietante aparición inicial, la cámara adopta una perspectiva subjetiva en la escena siguiente. Por eso, cuando volvemos a escuchar respiraciones pesadas, se siente como si estuviéramos dentro de ese cuerpo que respira. La imagen de una calle bajo la lluvia marca la transición hacia un nuevo escenario. Nina vuelve a aparecer, ahora en una sala donde se asiste un parto natural. Dicha escena se construye desde una composición visual directa en la que el cuerpo femenino se muestra sin filtros ni erotización. Lo que resulta incómodo en esta secuencia no es la desnudez en sí, sino la frontalidad de su representación, sumada a la duración sostenida de la escena. Este momento enfatiza que la corporalidad en la película no busca ser estética. Desde aquella primera imagen grotesca hasta la representación descarnada de un parto, la directora georgiana deja sin escapatoria al espectador, obligándolo a enfrentar aquello que socialmente se considera repulsivo.
Asimismo, uno de los elementos más llamativos de April es la minuciosa composición visual, sobre todo en la posición que ocupa Nina en cada encuadre. Con frecuencia, suele aparecer en los márgenes, sin mostrarse del todo, como si fuera una intrusa en su propio entorno. Tras el parto, en la escena de la interrogación, Nina aparece cohibida y con la mirada baja. Aunque sus colegas médicos buscan explicar la situación con calma, el padre del bebé la confronta con dureza. Las pocas palabras que intercambian están cargadas de tensión y apuntan a revelar algo que no se enuncia del todo. Es recién en una escena posterior, cuando quedan a solas, que se revela el motivo de su ira: Nina practica abortos clandentinos en el pueblo. Para él, solo es una “matabebés”, como la llama con desprecio.
Después, su colega y expareja, David (Kakha Kintsurashvili), lidera la investigación sobre su actuación durante el parto. Mientras avanza el proceso por los cargos contra Nina, se retrata en paralelo su vida cotidiana, entre ellas sus visitas a pacientes fuera del hospital. La película recurre con frecuencia a planos subjetivos que simulan la mirada de Nina, recurso que enriquece su dimensión emocional y psicológica. Esta perspectiva se sostiene también en tomas de paisajes, trayectos por carretera y conversaciones en las que solo vemos a su interlocutor, reforzando la inmersión en su experiencia. Y lo consigue a través de silencios prolongados, acompañados por sonidos cotidianos como el motor de un auto o la lluvia. En ese sentido, la propuesta visual de la película plantea una experiencia sensorial e introspectiva, en la que la perspectiva de la protagonista estructura tanto el relato como la mirada del espectador.
De hecho, cada aparición de Nina dentro del encuadre parece premeditada. La cámara se desplaza lentamente a su alrededor, como si evitara fijarse del todo en ella y cuando lo hace, su figura queda subordinada a un entorno que domina el encuadre. En esos breves momentos se transmite una serenidad que no le es propia. Estas decisiones, junto con el juego entre plano y contraplano de las atmósferas que la rodean, intensifican el sentimiento de soledad que atraviesa el personaje.
Más allá de las interacciones laborales y los encuentros con su expareja, las únicas conversaciones de Nina son con pacientes, ya sea en el hospital o en contextos clandestinos. La diferencia entre ambas situaciones es clave para entender el debate moral y la carga psicológica que conlleva su trabajo. Este es precisamente uno de los aportes más significativos de la cinta: su enfoque sobre el aborto no se limita al conflicto individual, sino que abarca desde las fallas del sistema médico y legal en Georgia hasta el estigma social que recae tanto sobre quienes lo practican como sobre quienes lo solicitan. El caso más revelador es el de una joven muda, aparentemente abusada, cuya madre solicita la interrupción del embarazo para evitar una carga social que caería sobre toda la familia. Aunque Nina acepta realizar el procedimiento, teme por la vida de la joven, sobre todo considerando el contexto profundamente religioso y patriarcal en el que se encuentran.
Toda esta presión y preocupación se convierte en una sombra que asfixia a la protagonista. Aunque solo cumple con su trabajo, Nina es plenamente consciente de la condición de marginalidad que se le ha impuesto. Los discursos religiosos, los murmullos a sus espaldas y las miradas de desprecio deterioran gradualmente su autopercepción. Así, la figura abyecta que vimos al inicio aparece como la manifestación visible de esa carga. Es una versión oculta de Nina que funciona como recordatorio de la crisis que atraviesa. De hecho, es tras recibir una noticia trágica sobre una de sus pacientes que esa figura reaparece, esta vez junto a David, quien la abraza mientras ella llora desconsoladamente. Esta podría ser la primera y única vez que se expone abiertamente la sensibilidad de Nina, y el hecho de que esto ocurra a través de una figura inhumana subraya la paradoja del personaje, pues solo a través de lo abyecto puede expresar su fragilidad, en un entorno que no le permite ser vulnerable.
En April, Nina se convierte en el punto de intersección de múltiples narrativas sobre el aborto. Se trata de una película urgente y de alcance universal, que pone el foco en una realidad escasamente representada en el ámbito audiovisual. La aproximación médica, así como el dilema ético y moral que atraviesan muchas mujeres en esta situación, se articulan a través de una propuesta estética que apela a lo sensorial y lo corporal, confrontando al espectador con la verdadera magnitud del conflicto.
Ficha técnica
Dirección: Dea Kulumbegashvil / Año: 2024 / País: Georgia / Guión: Dea Kulumbegashvili
Reparto principal: Ia Sukhitashvili, Kakha Kintsurashvili, Merab Ninidze
Música: Mathew Herbert / Fotografía: Arseni Khachaturan
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